21 Consejos para blindar tu autoestima por sobre los dogmas del marketing
- Daniel A. Acosta

- 1 may 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 9 ene
Autoestima vs. Amor Propio

Durante gran parte de mi vida, creí que Autoestima y Amor Propio eran sinónimos. No fue hasta un hito crucial hace seis años que comprendí la diferencia: mientras cultivaba mi autoestima con esmero, ignoraba por completo la existencia de un escudo protector llamado amor propio.
La autoestima es nuestra autopercepción: la claridad con la que vemos nuestras virtudes, defectos, debilidades y fortalezas. Es el orgullo de lo que somos. Sin embargo, el amor propio es el conjunto de hábitos y límites que preservan esa percepción. Es la guardia pretoriana de nuestra salud, nuestras emociones, nuestra integridad y, en última instancia, nuestra voluntad de vivir.
"No es tan malo descubrir que no tenés todas las respuestas, pues es ahí cuando te hacés las preguntas correctas". — Erik Selvig (Thor, 2011).

El costo de ignorar el escudo
Una persona puede poseer una autoestima alta y percibirse como alguien resiliente y capaz. Sin embargo, si carece de amor propio, puede terminar atrapada en ecosistemas tóxicos: empresas que denigran su esfuerzo, círculos que subestiman sus sueños o relaciones que manipulan su valor.
Someterse a este acoso sistemático vulnera la salud física y mental, destruye la autoestima, socava el espíritu y —en casos muy severos—, hasta la voluntad de vivir. El amor propio funciona, entonces, como una alarma y un filtro: nos permite identificar el peligro, alejarnos a tiempo y no aceptar jamás menos de lo que merecemos.
Hábitos para desarrollar el amor propio
El amor propio se manifiesta en una serie de decisiones diarias y límites innegociables que protegen nuestra esencia. Para pasar del entendimiento intelectual a la práctica real, estos son los diez hábitos que, con práctica, fortalecerán este preciado escudo:
Poner tu bienestar físico, mental y emocional como prioridad.
Serle fiel a tus valores y creencias.
Darte espacios de autocuidado para vos mismo.
Saber lo que merecés y no aceptar menos de eso.
Alejarte de personas y ambientes tóxicos.
Saber establecer límites y decir que "no" sin sentirte culpable.
No compararte con otras personas.
Hacer todo lo que te gusta y de la forma en cómo te gusta.
Saber perdonarte y no culparte o avergonzarte por ser como sos.
Respetarte y darte a respetar, valorarte y hablarte con cariño.
Cuando las reglas del mercado asfixian tu identidad
Derrumbando dogmas del marketing
Durante dos décadas, el mercado me adoctrinó con reglas que hoy identifico como dogmas obsoletos: "el cliente siempre tiene la razón", "hay que darle al cliente lo que quiere" o "debes atender a todos por igual".

En los seis años de trayectoria de Bubo Branding, he trabajado con todo el espectro de clientes: desde los leales y agradecidos hasta sus antítesis. Al principio, permití que el miedo a no tener éxito me obligara a tolerar destratos, intromisiones en mi vida privada y acosos verbales, priorizando los dogmas externos por sobre mi integridad.
Hoy, con una agencia que crece año tras año, he comprobado que el éxito no depende de seguir reglas impuestas, sino de definir las propias. He despedido clientes, filtrado prospectos y priorizado la paz mental mía y la de mi equipo. Porque el éxito real es hacer lo que te apasiona, de la forma que elegís, logrando resultados que te hagan feliz.
¿Quién tiene realmente la razón?
El gris de la Norma ISO 9001
En una reciente capacitación sobre las Normas ISO 9001, encontré una respuesta técnica a este dilema. La premisa de que "el cliente siempre tiene la razón" no es absoluta; radica en un terreno gris cuya clave es la segmentación.
El experto citó un ejemplo contundente: Mercedes-Benz y Ford. Ambos venden vehículos, pero sus targets difieren radicalmente en expectativas y poder adquisitivo. Si un cliente que no pertenece al segmento de Mercedes-Benz intenta imponer sus criterios a la marca, la marca no tiene por qué dárselos. Para la gestión de calidad, el cliente "tiene la razón" solo cuando sus requisitos coinciden con la segmentación que la empresa ha definido estratégicamente.
En marketing, este es el concepto del Buyer Persona. Es el cliente ideal que toda marca debe aprender a definir y atraer. Sin embargo, entiendo que mientras estás en etapa de crecimiento, es común aceptar "todo lo que venga" para sostener el negocio. Es precisamente en esa transición, mientras aún no podés darte el lujo de filtrar al 100% de tus prospectos, cuando más necesitás herramientas de protección.
A continuación, te comparto 21 consejos de amor propio que he aprendido a lo largo de los años y que quiero compartir con vos para ayudarte a blindar tu autoestima ante esos clientes difíciles que, aunque paguen, pueden poner en riesgo tu integridad.
El manifiesto ante clientes difíciles
21 Consejos de amor propio
Derecho de admisión: Tenés la libertad absoluta de elegir con quién trabajar. Merecés trabajar con personas que te respeten, te valoren y te motiven.
Soberanía de valor: Nadie puede definir el precio de tu trabajo más que vos. Solo vos conocés tus costos, estudios, sacrificios y los recursos que te lleva hacer cada tarea.
Capital intelectual: Tu tiempo, tus conocimientos y tus ideas son activos financieros. Si un cliente capitaliza tu intelecto producto de una reunión, esa reunión tiene un costo.
Autonomía creativa: Agradecé las sugerencias que recibas, pero recordá que no estás obligado a cambiar nada que no desees o debas. La decisión final es tuya.
Reciprocidad energética: No inviertas emociones en quien no recibe o valora tu trabajo con el mismo entusiasmo con el que lo entregás. Poner expectativas puede desmotivarte.
Jerarquía humana: Ningún título universitario, nobiliario o tamaño de cuenta bancaria justifica recibir tratos denigrantes o la soberbia para coaccionarte.
Pausa estratégica: Permitite tomar tiempos de respuesta y de enseñarle al cliente que ciertas devoluciones ameritan tu consideración, calma y sensatez.
Protección continua: Cubrí las grietas por donde has sentido que los clientes han vulnerado tu bondad y convertilas en políticas que fortalezcan tu negocio.
Reglas claras: Que un cliente esté acostumbrado a trabajar de una forma no significa que deba ser tu norma. Sos libre de proponer formas con las que ambos estén de acuerdo.
Límites cronológicos: Ningún cliente puede decirte en cuánto tiempo debes hacer las tareas, y mucho menos disponer tiempo de tu vida personal para cumplir con sus exigencias.
Relación de pares: El cliente no es tu jefe ni vos su empleado, por tanto la relación y la comunicación deben ser al mismo nivel, horizontal y recíproca.
Asertividad sin culpa: Mientras te comuniques con asertividad y respeto, nadie tiene el derecho de juzgarte por ser como sos o por las decisiones que tomás.
Seguridad emocional: Velar por la autoestima de tus colaboradores es tan importante como velar por su seguridad física. No permitas nunca que un cliente atente contra ellos.
Firmeza comercial: Nadie debe exigirte descuentos que no querés o no podés ofrecer. Si un cliente nuevo presiona el precio, es un vestigio de su comportamiento futuro.
Integridad de conciencia: No permitas que tu ética, valores y convicciones se corrompan por requerimientos de un cliente. El cliente puede irse, pero tu conciencia se queda con vos.
Alarma fisiológica: Si el contacto de un cliente te genera estrés, descontrol emocional o reacciones físicas adversas, es momento de soltarlo. No es sano para vos, ni para tu ambiente laboral.
Responsabilidad emocional: Podés disculparte por decir o hacer algo que genere molestia en un cliente, pero no podés hacerte cargo por cómo él decide gestionar sus propias emociones.
Deslinde de consecuencias: No sos responsable por la forma en cómo un cliente elige resolver sus problemas, ni por las consecuencias de sus actos, incluso si sos parte de su proceso consultivo.
Precisión verbal: Procurá siempre expresarte con claridad y sin ambigüedades. Pero no es responsabilidad tuya lo que el cliente interprete desde su conflicto.
Dignidad preservada: Sentite libre de coincidir con el cliente si amenaza con irse. A los clientes hay que cuidarlos y respetarlos sí, pero no hay que rendirles pleitesías.
Maltrato cero: Nada justifica un trato displicente o lenguaje peyorativo, podés ser empático con el cliente una primera vez y aplicar correcciones, pero no tenés por qué tolerar la reincidencia.
Nota: Si algún lector se siente aludido u ofendido por este manifiesto, le sugiero repasar el Consejo N° 17.

Hacia un ecosistema de relaciones brandiosas
Espero que estas 21 lecciones, forjadas desde la fundación de Bubo Branding, te sirvan como escudo y brújula. En mi caso, este aprendizaje no solo me permitió blindar mi integridad, sino que fue la base para idear Normas Comunitarias y sistemas de gestión de calidad que hoy rigen nuestra agencia.
Hoy operamos bajo sistemas de alineación de expectativas, donde definimos desde el inicio los medios y la profundidad de la comunicación, el nivel de involucramiento en cada proyecto y procesos de autogestión que brindan al cliente autonomía consultiva y trazabilidad absoluta. En resumen, hemos construido un ecosistema sólido diseñado para que la excelencia operativa sea la norma, eliminando de raíz el espacio para que cualquiera de estas 21 situaciones vuelva a suceder.
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Dedicatoria: Dedico esta reflexión a la Licenciada Florencia S. Cruz. Gracias por tu invaluable profesionalismo y por ayudarme a derrumbar paradigmas para construir nuevas bases de paz conmigo mismo y con el mundo.










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